Agresión contra Yemen: entre presiones sauditas e intereses estratégicos egipcios

La tarea principal del parlamento egipcio no es simplemente explorar cómo tender una mano al Reino que interfiere en los asuntos de Yemen y desestabiliza su seguridad, sino explorar cómo establecer un papel activo que no sirva a la entidad israelí.
Hasta el momento, el Parlamento egipcio no resolvió la autorización relativa a permitir que el ejército egipcio prestara el apoyo militar solicitado por el Reino de Arabia Saudita con el fin de completar su bloqueo contra Yemen y hacer frente a Ansar Allah.
La sesión se aplazó hasta el próximo lunes debido al rechazo y las reservas de algunos bloques partidarios en el seno del Parlamento, además de la falta de claridad sobre la naturaleza de la misión militar que podría asumir el ejército egipcio.
Esta podría oscilar entre la mera ayuda en la defensa del Reino frente a los ataques de Ansar Allah y la implicación directa en el combate, con lo que ello supone de entrada directa de las fuerzas egipcias en una batalla terrestre en territorio yemenita y de posibilidad de asumir costes militares, históricos, políticos y económicos que podrían dejar un impacto directo y prolongado sobre la realidad egipcia, ya tambaleante bajo el peso de complejas presiones geoestratégicas y económicas.
La naturaleza de la fase actual, en la que Ansar Allah libra un enfrentamiento decisivo con un método basado en la confrontación asimétrica, hace inconcebible una resolución rápida de esta batalla.
Ansar Allah, que logró frustrar los objetivos de la agresión contra ellos entre 2015 y 2022, extrajo lecciones de aquella etapa: comprobó que una de las herramientas de poder más importantes en las que se puede confiar consiste en combinar su capacidad de resolución rápida en el interior con la de desgaste y de gestión de una batalla prolongada, cuyo lema es elevar el coste y derribar todo lo que pueda considerarse línea roja frente al exterior.
Si bien es prematuro, en este momento, evaluar la experiencia de Ansar Allah, ello no significa que no quepa hablar de éxitos que llegaron a inquietar a quienes toman las decisiones en las capitales concernidas.
Si es posible encuadrar el empeño saudita por reunir una intervención internacional y regional en el temor a las repercusiones de la caída de un proyecto que podría expresar intereses expansionistas del Reino, el empeño de algunas potencias regionales, como Egipto, por atender la demanda saudita no debe leerse en clave de cortesía y buenos deseos, sino mediante cálculos de ganancias y pérdidas que es realista considerar en el fundamento de cualquier decisión que pudiera cristalizar en los próximos días.
En consecuencia, numerosos factores se imponen a quienes toman las decisiones en el Parlamento egipcio. La importancia de Egipto, su posición estratégica y su peso moral constituyen un factor decisivo que puede desempeñar un papel central en la consolidación del orden regional y árabe. A ello se suman su experiencia previa en Yemen durante los años 60 del siglo pasado y en la agresión contra contra esa nación en 2015. Son razones que, se supone, no deberían facilitar que el Parlamento decida entrar al lado del Reino de Arabia Saudita.
Aunque algunos diputados exigieron precisar si la autorización se limitaría a la defensa del Reino o si iría más allá de esa misión para ejecutar operaciones militares en el interior de Yemen, esto no resulta suficiente para estimar el papel egipcio, ya que los límites de la inmersión en el enfrentamiento saudita-yemenita no revelan la verdadera problemática a la que se enfrenta el Parlamento egipcio.
La estrategia que Egipto adoptó desde 1973 se basaba en que sus decisiones se fundamentaran en criterios del estricto interés nacional egipcio, al margen de las exigencias de la seguridad nacional árabe. Y pese a las numerosas objeciones al rumbo egipcio desde Camp David, cuando en aquella etapa redefinió sus intereses y su forma de presencia en la región, formulando el concepto de su intervención como algo no automático, sino vinculado más bien al grado de su conexión directa con la seguridad del Estado egipcio, su estabilidad y sus intereses económicos, en este marco se plantean numerosos interrogantes sobre el supuesto interés que podría lograrse mediante la intervención al lado del Reino contra Yemen.
Si la respuesta a estas interrogantes se centrara en la idea de defender los intereses egipcios, es decir, proteger la navegación marítima en el mar Rojo y el canal de Suez, así como la seguridad nacional, Ansar Allah declaró que la navegación en el mar Rojo transcurre de forma segura y normal y sin obstáculo alguno, pues sus ataques solo alcanzan a los buques sauditas, en aplicación de la ecuación de bloqueo por bloqueo y escalada por escalada.
Por lo tanto, se perfilan en este marco los efectos que cualquier decisión de entrar al lado del Reino tendría sobre la navegación egipcia y el canal de Suez.
En efecto, Ansar Allah, que durante la última década logró resistir una agresión y frustrar sus objetivos pese a la coalición de más de 10 países contra ellos, y que después libró una guerra de apoyo a Gaza en la que consiguió cerrar el puerto de Eilat y bombardear el aeropuerto Ben Gurión, obligó a la Armada estadounidense a retroceder y logró en los últimos días someter toda la geografía saudita a sus misiles, será capaz, cuando lo quiera, de amenazar el canal de Suez y la navegación en el mar Rojo.
Por otra parte, las problemáticas que plantea la idea egipcia de intervenir al lado del Reino hacen necesario volver a su postura ante la agresión contra Gaza, cuando el presidente egipcio declaró que nada llevaría al ejército egipcio a intervenir militarmente para hacer llegar la ayuda a Gaza ni para presionar con el fin de detener el exterminio que el ejército de la Entidad practica en la frontera del Sinaí. Por consiguiente, la realidad política egipcia favorable a la intervención al lado del Reino no podrá defender su orientación, pues esta intervención solo se leerá como sumisión al Reino y a sus exigencias, que no tienen en cuenta la seguridad nacional, y podría conducir después a que Egipto se convirtiera en un mero actor secundario en el mapa de la seguridad regional, por detrás de Arabia Saudita.
En este marco, las circunstancias regionales que provocaron la agresión estadounidense-israelí contra la propia República Islámica se imponen a quien debe tomar la decisión en Egipto, dado que es imposible separar el expediente yemenita de la realidad de la zona: Estados Unidos y, tras ellos, la Entidad israelí consideran la guerra contra Ansar Allah parte de una estrategia dirigida a cercarlos.
Por lo tanto, la decisión de Egipto de entrar al lado del Reino podría leerse, en caso de reanudarse el enfrentamiento entre Estados Unidos y la República Islámica, como una implicación práctica junto a Washington y «Tel Aviv», en un intento de construir un orden regional en el que la Entidad israelí se imponga sobre todos los países de la región.
En consecuencia, cabe afirmar que la misión fundamental del Parlamento egipcio no consiste simplemente en examinar cómo tender una mano de ayuda al Reino, que interviene en los asuntos de Yemen y desestabiliza su seguridad, sino en buscar la manera de establecer un papel egipcio activo que no sirva a la Entidad israelí y que no amenace la seguridad regional árabe con guerras de objetivos estrechos, hechas a la medida del humor de los gobernantes del Reino.