El kichwa sigue vivo en el español de los ecuatorianos
Punto Noticias.- La influencia del kichwa en el español ecuatoriano trasciende el vocabulario y se refleja en la manera en que muchas personas se comunican cotidianamente. Así lo expone un reciente reportaje publicado por The New York Times, que analiza la relación histórica entre ambas lenguas y cómo ese intercambio cultural ha moldeado la identidad lingüística de Ecuador.
El trabajo periodístico recoge testimonios y análisis de especialistas que explican que el contacto entre los pueblos indígenas y los hablantes de español, a lo largo de más de cinco siglos, generó una forma particular de expresión en la región andina.
Esta convivencia dejó rastros que aún son evidentes en palabras de uso común, giros lingüísticos y construcciones gramaticales presentes en la conversación diaria.
El fenómeno no se limita a las comunidades indígenas que mantienen vivo el kichwa como lengua materna. Su influencia se ha extendido a amplios sectores de la población, incluidos hablantes monolingües de español que utilizan términos o expresiones heredadas de esta tradición lingüística sin ser plenamente conscientes de su origen.
Muchas palabras kichwa que se usan en el habla cotidiana tienen sonidos que parecen evocar su significado. En los Andes ecuatorianos, la gente dice “achachay” para decir “hace frío” y “arraray” cuando algo está caliente, reza parte del reportaje.
The New York Times destaca que el kichwa continúa siendo una de las lenguas indígenas más importantes del país y que, pese a los desafíos que enfrentan las lenguas originarias en América Latina, conserva una presencia significativa en varias provincias de la Sierra y la Amazonía ecuatoriana.
Además, forma parte del patrimonio cultural de comunidades que han transmitido conocimientos, costumbres y formas de comunicación de generación en generación.
El reportaje también aborda cómo la influencia del kichwa va más allá de las palabras incorporadas al español.
Expertos consultados por el medio señalan que ciertas formas de construir frases, expresar emociones o establecer relaciones sociales reflejan una visión del mundo que tiene raíces en los pueblos andinos. Esto convierte al español ecuatoriano en una variante con características propias dentro del conjunto de países hispanohablantes.
En ese contexto, lingüistas e investigadores sostienen que la coexistencia entre el español y el kichwa constituye un ejemplo de intercambio cultural que ha enriquecido la diversidad del país.
Lejos de representar una deformación del idioma, estas influencias son consideradas una muestra de la capacidad de las lenguas para adaptarse, evolucionar y reflejar la historia de las sociedades que las hablan.
La publicación de The New York Times coincide con un renovado interés por la preservación de las lenguas indígenas en América Latina.
Organizaciones culturales, instituciones educativas y comunidades originarias impulsan iniciativas para fortalecer su enseñanza y evitar su desaparición, ante el riesgo que enfrentan muchas de estas lenguas por la disminución de hablantes y los procesos de urbanización.
Para Ecuador, el debate tiene una relevancia especial. La Constitución reconoce al castellano como idioma oficial y al kichwa y al shuar como idiomas oficiales de relación intercultural, un reconocimiento que busca valorar la diversidad lingüística del país y el aporte histórico de los pueblos indígenas.
El reportaje concluye que el kichwa no pertenece únicamente al pasado, sino que continúa presente en la vida cotidiana de millones de ecuatorianos.
Su influencia en el español demuestra que las lenguas son también un reflejo de la memoria colectiva, la identidad y la diversidad cultural de una nación.
Nota de la Redacción: Esta información se basa en el reportaje publicado por The New York Times. Invitamos a nuestros lectores a revisar la investigación completa en el portal del medio estadounidense para conocer los testimonios, ejemplos y análisis desarrollados en profundidad.
La lengua dulce: cómo los Andes ecuatorianos originaron un idioma propio
Por José María León Cabrera Visuals by Johanna Alarcón
Reporting from Quito, Ecuador
Ella lo tomó de las manos y le preguntó en voz baja, en español: “¿Qué quieres hacer?”.
Él la miró a los ojos y dijo: “Wawita, solo vamos a changarnos”.
La frase, traducida de forma aproximada, significa: “Cariño, solo vamos a abrazarnos con las piernas”. Pero la mayoría de los hispanohablantes —incluso muchos ecuatorianos— no la entenderían del todo. Para los traductores sería un acertijo, por no decir una pesadilla.
Hace años me mudé a Quito desde Guayaquil, en la costa del Pacífico ecuatoriano, y comencé a recopilar fragmentos de conversaciones que escuchaba por casualidad, en fiestas, cenas o en oficinas, fascinado por esta forma particular del español.
En kichwa, “changa” significa “pierna”. Y en esta lengua híbrida, indígena y española, “changar” significa entrelazar las piernas con las de otra persona: un acto de intimidad que comparten amantes, hermanos, padres o amigos cercanos. No es algo que se haría con alguien con quien se tiene una mala relación.
Durante la época colonial y los años posteriores a la independencia, a principios del siglo XIX, se desarrolló en Ecuador un español repleto de palabras kichwa como lengua de uso cotidiano.
“El capataz le hablaba a los peones en kichwa y español”, explicó Gonzalo Ortiz, historiador y miembro de la Academia Ecuatoriana de la Lengua. “Las ‘wasikamas’ —las niñeras indígenas que criaban a los niños de los señores feudales— también. Así nació este idioma”.
Cinco siglos después, esa misma lengua —evolucionada, pero aún arraigada en dicha fusión— se hablaba en la mesa de dos enamorados, y suavizaba las secuelas de una pelea.
“El kichwa es una lengua muy amable, muy dulce”, dijo Silvana Cárate, lingüista de la Universidad de York, en Inglaterra. “De hecho, le dicen ‘Mishki Shimi’: lengua dulce”.
Esta forma única del español es melódica y suave, y recurre a los diminutivos “-ito” e “-ita”, ambos heredados directamente del kichwa, para transmitir ternura y cortesía.
También altera la gramática mediante lo que los académicos llaman “préstamo de traducción”. “Es copiar la estructura gramatical de una lengua y transponerla en otra”, explicó Cárate.
En este tipo de español regional, las órdenes también se suavizan con expresiones propias del kichwa. En lugar de ordenar, por ejemplo, que alguien te pase la sal —diciendo “dame la sal”—, los ecuatorianos de los Andes dirán “dame pasando la sal”. Esto equivaldría más o menos a “¿podrías pasarme la sal?” en español estándar.
En Quito, es imposible evitar las innumerables conversaciones en esta lengua mestiza.
“Mi abuela tenía unas changotas”, dijo Karen Menéndez, publicista de 34 años, en una cena a la que me habían invitado, en una referencia cariñosa a las piernas bien torneadas de su abuela.
“A mí no me gusta andar a pata llucha”, dijo Bárbara Bravo, politóloga de 32 años, en otra fiesta. “Llucha” significa “desnuda” en kichwa, y la frase completa quiere decir que a Bravo no le gusta caminar descalza.
En las empinadas calles de San Roque, un barrio de Quito cerca de una colina conocida como El Panecillo —donde alguna vez se alzó una ciudad inca—, dos niños se abrían paso a toda prisa entre el tráfico. “¡Wawas irki, los van a atropellar!”, oí gritar a una mujer un domingo por la mañana. “Wawas” significa “niños” e “irki” significa “rebeldes”. En español estándar, sería: “¡Niños desobedientes, los van a atropellar!”.
Aunque está por todas partes, el kichwa suele resultar desconocido incluso para quienes usan sus palabras. “¿Entonces, ‘muchar’ no es una palabra en español?”, preguntó Doménica Escalante, una gestora de proyectos de 24 años, durante una charla con sus compañeros de trabajo que escuché por casualidad en el ascensor de un edificio de oficinas. “Mucha” significa “beso” en kichwa. En esta mezcla de idiomas, “muchar” significa “besar”.
Gonzalo García-Saardá, un ejecutivo de 41 años de la ciudad costera de Guayaquil, dijo: “Creo que es un tipo de papa”, cuando le pregunté si sabía qué significaba la palabra “chaucha”.
“La verdad, no tengo la más remota idea”, admitió.
“Chaucha”, que viene del kichwa “chawcha” (fréjol o frijol), se convirtió en argot para referirse a las monedas de poco valor a principios del siglo XIX, según Ortiz, el historiador.
García-Saardá no estaba del todo equivocado. Hay una papa llamada “chaucha”, pequeña, redonda, de color marrón claro, y que sí que se parece a un fréjol.
Muchas palabras kichwa que se usan en el habla cotidiana tienen sonidos que parecen evocar su significado. En los Andes ecuatorianos, la gente dice “achachay” para decir “hace frío” y “arraray” cuando algo está caliente.
También hay frases características que dejarían perplejo a un profesor de gramática de Madrid o Ciudad de México, como “Se fue a volver” —se fue pero regresará pronto—, una forma de explicar una ausencia breve en las montañas de Ecuador.
Las conjugaciones verbales que los puristas del español considerarían incorrectas son “marcadores de identidad”, dijo Lucía Durán, directora de la Casa del Alabado, un museo de arte precolombino en Quito.
Haboud, la lingüista, añadió: “Nuestro español andino nos permite acercarnos a nuestra propia historia. Nos muestra cómo las lenguas pueden derribar fronteras sociales, culturales y políticas”.








